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La opacidad es el nombre del juego

Ignacio Ávalos

El Nacional

por Ignacio Ávalos

La asamblea nacional constituyente no tiene razón de ser. Como ya se ha dicho mil veces, es inoportuna, inútil, ilegal y contraria a la opinión mayoritaria de los venezolanos. Es un truco político, cuyo propósito es conservar el poder, aun sin tener el apoyo popular.

Encima, y por si fuera poco lo anterior, el proceso constituyente se ha ido organizando haciendo a un lado las pautas básicas establecidas para las consultas electorales. En un trabajo organizado por el Observatorio Electoral Venezolano (OEV), a cuya directiva pertenezco, se registran en este sentido diversas irregularidades, tales como la de no haber previsto la campaña institucional dirigida a informar a la ciudadanía acerca de la naturaleza y pormenores del proceso; la de no cumplir con las normas respecto a la publicación del registro electoral; crear los subregistros electorales (recuérdese que se decidió una elección tipo sectorial) de manera acelerada y a puertas cerradas, sin dar ocasión para que pudieran impugnarse; no realizar jornadas de inscripción (ocasionando que no puedan votar quienes hayan cumplido 18 años después de 2015, última vez que se hicieron); dejar dudas en lo que atañe a la definición de las suscripciones electorales; alterar lo dispuesto en las normas en materia de postulaciones; eliminar 14 de las 21 auditorías técnicas que se realizan antes, durante y después de la realización del proceso ; reducir, sin que se conozcan los motivos, el lapso de la campaña electoral; o la de no dejar claras las cosas respecto a los miembros de mesa, ni tampoco la situación de los observadores nacionales y de los llamados acompañantes internacionales, aspectos todos que pueden verse con mayor detalle en la página web de la mencionada organización (oevenezolano.org).

En fin, todo parece haberse concebido a la carrera, apretando los tiempos y suprimiendo tareas, a fin de que el proceso se lleve “contra viento y marea”, de acuerdo con lo solicitado desde el gobierno y conforme a maneras muy poco transparentes que, seguramente, dejarán dudas sobre el resultado de las votaciones del próximo 30 de julio, puesto que no se contará con los mecanismos que en pasados eventos electorales sirvieron para cotejar las cifras anunciadas por el CNE.

Visto lo anterior, resulta difícil exagerar la irresponsabilidad con la que ha actuado el presidente Maduro de cara a la severa crisis que envuelve la vida de los venezolanos. Irresponsabilidad, digo, porque frente a ella, optó por salvar su propio pellejo político.

Harina de otro costal.

Albert Camus dijo más de una vez que “la patria es la selección nacional de fútbol”. En parecida dirección, los sociólogos han argumentado que el fútbol es un agente importante en el fortalecimiento de la identidad nacional. La cancha, explican, es un lugar en donde resulta posible, tal vez como en ningún otro lugar, el despliegue de la épica nacionalista. Si la selección no es la patria, al menos se le parece, diría uno, en tono seguramente más comedido que el filósofo francés.

Digo lo anterior a propósito del subcampeonato mundial logrado por nuestro magnífico equipo juvenil, en Corea el Sur. En estos momentos ásperos de nuestra vida colectiva, la selección fue un motivo para recordar que vivimos juntos en este pedacito del mapamundi. Y aunque fuera solo por un breve instante, dejó entrever una hermosa metáfora, la del país sentido como afán común.

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